Opinion

Lo que Venezuela revela de una América Latina a la deriva

Francisco Tavárez

Luego de meses de expectativa, la intervención en Venezuela finalmente ocurrió. Tras la operación de fuerzas especiales de los Estados Unidos en suelo venezolano, la atención mediática se ha volcado de manera casi unánime a examinar las repercusiones de la acción estadounidense, su impacto y el papel de las figuras que hoy detentan el poder, como Delcy Rodríguez, Vladimir Padrino López y Diosdado Cabello. Sin embargo, en medio de este análisis, ha quedado relegada una discusión crucial: qué dice este episodio no solo sobre Venezuela, sino sobre el estado actual de América Latina.

Ante este escenario, surgen preguntas que ponen en evidencia el franco deterioro del liderazgo regional. ¿Qué ocurre con América Latina frente a la postura del presidente Donald Trump? Más allá del debate sobre la intervención, del rol que deba asumir la oposición venezolana o de los límites del derecho internacional, hay una cuestión de fondo que resulta ineludible: ¿qué lecciones deja este episodio para nuestros países?

Durante décadas, América Latina ha interpretado su relación con Estados Unidos desde la lógica de la intervención y la colonización. No obstante, la región tampoco ha sido capaz de articularse como un bloque sólido y sostenible en el tiempo, capaz de condenar de forma conjunta e inequívoca los abusos cometidos por sus propios líderes mesiánicos. Gobernantes que, amparados inicialmente en procesos electorales legítimos, se han enquistado en el poder mediante la represión y el progresivo debilitamiento institucional.

A lo largo de años, la mayoría de los líderes latinoamericanos dio la espalda al pueblo venezolano, negándose a reprobar con firmeza este tipo de regímenes. En los foros regionales ha sido evidente la intención de sostener un discurso de neutralidad que, con el tiempo, terminó por normalizar el autoritarismo ante la comunidad internacional. Si se analizan las posiciones asumidas por distintos gobiernos de la región, incluida la República Dominicana en pasados gobiernos, resulta claro que en momentos clave se respaldaron o se toleraron las acciones del chavismo y del madurismo, incluso en algunas de sus etapas más profundas de regresión democrática. La tibieza ha sido, en demasiadas ocasiones, el rasgo distintivo de la política regional.

Para una verdadera integración regional, es inminente que los países de nuestra región, con una mirada pragmática y sin pasiones, acuerden de manera conjunta reglas claras que permitan sancionar a los regímenes autoritarios. Aquellos que desconocen la voluntad del pueblo, reprimen la disidencia y condenan a sus ciudadanos al atraso económico en beneficio de quienes los gobiernan. Comenzar por este punto permitirá allanar el camino hacia posiciones firmes y el carácter político que tanta falta le hacen a nuestra región.

El fracaso reiterado del Mercado Común del Sur (Mercosur) responde, en mi opinión, a esa misma lógica de complacencia regional. Desde su creación en 1991, más que consolidarse como un proyecto efectivo de integración económica y comercial, ha operado como un bloque marcado por afinidades ideológicas, atrapado en discursos que poco han contribuido a fortalecer a la región. En ese contexto, resulta evidente la postura ambigua de buena parte de la izquierda latinoamericana, incapaz de condenar de manera contundente la dictadura venezolana. 

Es legítimo plantear la preocupación por los intentos de socavar la autodeterminación de nuestros pueblos y por el irrespeto a los límites del derecho internacional. Sin embargo, también resulta indispensable preguntarnos qué ha hecho América Latina, bajo el liderazgo de sus propios gobiernos, para consolidarse como una región fuerte, cohesionada y con posiciones estratégicas claras.

No solo la izquierda debe replantear su enfoque y reconectar con la realidad geopolítica actual; el desafío es regional y trasciende ideologías. Más allá de los problemas internos aún sin resolver, resulta urgente avanzar hacia una consolidación no sectaria, basada en el fortalecimiento económico, comercial y político de la región. Solo así América Latina dejará de ser excluida de la mesa de negociaciones y podrá actuar como un verdadero contrapeso frente a decisiones que afecten sus intereses, independientemente de la influencia de potencias como Estados Unidos, Rusia o China.