Desde el surgimiento de las organizaciones sociales; primer núcleo la familia, la humanidad ha intentado explicar y corregir la injusticia mediante teorías sociopolíticas y económicas. Y Karl Marx (1818–1883) se convirtió en el pensador más influyente de ese esfuerzo a partir del siglo XIX, al proponer que la raíz de la opresión humana se encuentra en las estructuras materiales de producción.
El Comunismo
Con El Manifiesto Comunista (1848), Marx y Engels afirmaron: “La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases”. Y con ese postulado la tesis: “La explotación del hombre por el hombre”.
A partir de esta premisa, Marx desarrolló el materialismo histórico, según el cual las relaciones económicas determinan la conciencia, la moral, la religión y las instituciones sociales.
En Contribución a la crítica de la economía política (1859), escribió: “No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia”.
Esta afirmación constituye el núcleo de su pensamiento antropológico, conocido como Marxismo.
La Biblia
En tanto, la Biblia parte de una premisa radicalmente distinta. Para la Escritura, la injusticia no nace primero en las estructuras sociales, sino en el interior del ser humano.
El ejemplo más simple es Caín y Abel: aun en los inicios de la humanidad ya se evidenciaban las diferencias, más allá de cualquier estructura matriarcal o patriarcal.

El apóstol Pablo, tomando la referencia de Adán y Eva, declara: “Por cuanto todos pecaron, están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23).
Por consiguiente la raíz del conflicto social no es únicamente económica, sino moral y espiritual. Porque la estructura material no determina la conciencia.
El profeta Jeremías lo expresa con crudeza antropológica: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9).
Desde esta perspectiva, cualquier sistema político-económico que ignore la condición caída del hombre está condenado a reproducir nuevas formas de opresión, aunque cambie el lenguaje o la estructura.
El error fundamental del marxismo clásico y el neo-marxismo, hoy, consiste en seguir negando esta realidad. Marx sostuvo que la alienación humana es producto casi exclusivo del sistema económico capitalista (Manuscritos económicos y filosóficos, 1844). Sin embargo, al eliminar la dimensión espiritual del hombre, redujo al ser humano a un objeto histórico determinado por fuerzas materiales, incapaz de responsabilidad moral.
Este reduccionismo antropológico explica por qué los regímenes marxistas, al ser implementados, requirieron un control político —totalitarismo— absoluto.
Por ello, la ambición humana no desapareció con la abolición de la propiedad privada; simplemente fue transferida al Estado.
La Biblia advierte: “No hay justo, ni aun uno” (Romanos 3:10).
El poder concentrado en manos de hombres no regenerados, no redime: corrompe.
Marx también consideró la religión como un obstáculo para la emancipación humana. En Crítica de la filosofía del derecho de Hegel (1844) afirmó: “La religión es el suspiro de la criatura oprimida… el opio del pueblo”. Para Marx, la fe era una construcción ideológica destinada a perpetuar la explotación.
En otra palabra, una inventiva por la clase dominante.
Sin embargo, esa crítica confunde el mensaje de Cristo con su instrumentalización histórica. Durante siglos, tanto la élite judía como la Iglesia Católica se aliaron con el poder político y económico, legitimando jerarquías opresivas, acumulación de riqueza y control de conciencias en un proceso contra Jesús. Estas prácticas contradijeron frontalmente las palabras de Cristo: “Los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas… mas entre vosotros no será así” (Mateo 20:25–26).
Esta desviación histórica del Evangelio, no fue por el mensaje de Jesucristo, sino por la corrupción del hombre. Cristo no fundó una estructura denominacional, sino una comunidad basada en el servicio y la fe en él. Confundir a Cristo con la institución que lo desobedeció, que mató apóstoles y a discípulos por siglos, es un grave error metodológico, comparable a confundir la medicina con la mala práctica del médico.
Capitalismo
El capitalismo salvaje, por su parte, incurre en un error distinto pero igualmente peligroso del que han surgido dictaduras tan crueles como las del comunismo. Si el marxismo absolutiza la estructura, el capitalismo absolutiza el mercado. Ambos presuponen un hombre moralmente capaz de autorregular su ambición. Puro subjetivismo filosófico.
La Escritura, en cambio, identifica el origen de esa ambición: “Porque la raíz de todos los males es el amor al dinero” (1 Timoteo 6:10).
Jesús fue categórico al respecto: “No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6:24).
El capitalismo sin límites morales convierte la libertad en depredación, la eficiencia en idolatría y al ser humano en mercancía.
El problema no es la riqueza, sino el corazón que la gobierna.
El comunismo, capitalismo, feudalismo y esclavismo comparten una misma falla estructural: operan sobre un hombre interiormente enfermo, no transformado (metanoia). Cambian los sistemas, pero el hombre caído permanece. Jesús explicó esta raíz con claridad: “Porque del corazón salen los malos pensamientos… las injusticias” (Mateo 15:19).
Por esta razón, Jesucristo no propuso una reforma política, sino una regeneración espiritual. A Nicodemo, un líder religioso y moralmente respetable, le dijo: “El que no naciere de nuevo —anagenesis— no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3). La solución no era estructural, sino ontológica.
El apóstol Pablo desarrolló esta enseñanza al afirmar: “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es” (2 Corintios 5:17), y al exhortar a despojarse del viejo hombre para vestirse del nuevo, “creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Efesios 4:22–24). Sin esta obra del Espíritu Santo, todo sistema social reproducirá la injusticia…
Aquí es donde las ciencias sociales enfrentan su límite epistemológico. La sociología, economía, ciencias políticas, etc… pueden describir patrones, pero no pueden regenerar el corazón humano. Ignorar esta dimensión conduce a diagnósticos incompletos y soluciones fallidas.
El marxismo sacrificó millones en nombre de la igualdad histórica. El capitalismo salvaje sacrifica millones en nombre del éxito económico. Cristo hizo lo contrario: se sacrificó a sí mismo. No prometió una utopía terrenal, sino una verdad que libera al hombre desde adentro (Juan 8:32).
Las ideologías pasan y los sistemas colapsan, pero el problema humano persiste mientras el corazón permanezca caído. Solo donde el Espíritu Santo regenera —palingenesis— al hombre, puede surgir una justicia que no oprime, que no corrompe y que no mata.
Esta es la diferencia decisiva entre la revolución y la redención…
Al final, en cuanto a mí, prefiero a Cristo; usted es libre de elegir lo que quiera.
jpm-am
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