Por Antonio José Gómez Peña
BARCELONA.- Bajo el cielo que cobijó los sueños de un joven Juan Pablo Duarte y Diez entre 1829 y 1832, nos reunimos el lunes último en el parque de la Estación del Norte para rendir tributo al hombre que no sólo imaginó una nación, sino que diseñó su arquitectura ética. Al observar nuestra bandera ondear en territorio catalán, resulta inevitable una lectura técnica de su legado: la patria no es un concepto estático, sino una infraestructura viva que viaja con su diáspora y se actualiza con la modernidad.
Duarte llegó a esta ciudad en una época de ebullición política. Aquí, entre los fueros y libertades de Barcelona, entendió que la soberanía nacional no era un fin en sí mismo, sino el requisito indispensable de un sistema operativo capaz de permitir el progreso de una sociedad. Hoy, desde esta misma ciudad, nuestra visión debe ser análoga. Ya no buscamos sólo la soberanía política, sino la inserción plena de la República Dominicana en la vanguardia de una era marcada por la convergencia tecnológica y el capital fluido. La libertad del siglo XXI se defiende con el dominio de la Inteligencia Artificial, el desarrollo de microprocesadores, semiconductores y la implementación de energías de transición como el hidrógeno verde.
Como ingeniero, interpreto la famosa sentencia de Duarte “La política no es una especulación; es la ciencia más pura y la más digna, después de la filosofía, de ocupar las inteligencias nobles.” No como una abstracción poética, sino como un mandato de optimización. Para que la política sea verdaderamente «pura», debe estar libre de las impurezas de la opacidad y la ineficiencia.
Esta es la visión de Estado que el Presidente Luis Abinader ha institucionalizado: un modelo donde la transparencia no es una opción, sino la columna vertebral del desarrollo. En la República Dominicana de hoy, la pulcritud en el manejo de los fondos públicos se ha convertido en el principal activo para garantizar la seguridad jurídica que demandan los grandes capitales europeos.
La ofrenda floral de ayer fue mucho más que un acto protocolar; fue una expresión viva de nuestra identidad en el exterior. Al ver a dominicanos de diversas generaciones reunidos ante el busto del Patricio, reafirmamos que el compromiso con la nación es una inversión a largo plazo. Desde el Consulado, trabajamos para que ese vínculo no sea solo emocional, sino técnico y económico. El país necesita modelos de coinversión público-privada que repliquen los casos de éxito que vemos en Europa, transformando nuestro potencial en rentabilidad social y desarrollo económico sostenible.

Sin embargo, el 213 aniversario del natalicio de Duarte nos exige una honestidad sin concesiones. No podemos celebrar al hombre de mármol y olvidar al gestor que rindió cuentas de cada centavo recibido para la causa independentista. A los funcionarios de hoy, el legado duartiano nos demanda una pulcritud quirúrgica. El «Gobierno del Cambio» se valida cada día en la medida en que nuestras acciones reflejen la honestidad que Duarte encarnó, incluso a costa del sacrificio personal.
A nuestra juventud y al sector empresarial les extiendo una invitación directa: Dejen de ver en Duarte un busto lejano. Véanlo como el autor del plan de negocios más ambicioso de nuestra historia. Su proyecto de nación evoluciona hoy en un llamado a la tecnificación. Necesitamos empresarios que inviertan en nanotecnología para fomentar la fabricación de semiconductores de alta precisión, impulsando la transición energética y la sostenibilidad. Más aún, necesitamos de jóvenes que entiendan que el patriotismo contemporáneo se mide en patentes, en desarrollo de software y en la capacidad de posicionar a la República Dominicana como el Hub tecnológico del Caribe.
El éxito de una nación en la era actual depende de la estabilidad de su hardware institucional y de la actualización constante de su software ético. Desde Barcelona, seguimos tendiendo puentes para que el flujo de inversión y conocimiento convierta el ideal duartiano en una realidad tecnificada. No hay mayor honor que servir a una patria que se atreve a innovar sin perder su esencia.
Cerramos este ciclo conmemorativo con un compromiso renovado. Nuestra labor en la diáspora es una extensión de aquella lucha por la dignidad nacional. Trabajamos por una República Dominicana que sea sinónimo de vanguardia, transparencia y libertad. Porque, como bien nos enseñó el general Juan Pablo Duarte, trabajar por y para la patria es asegurar el futuro de nuestros hijos en una tierra que sea, para siempre, dueña de su destino y líder en su región.
¡Gloria eterna al Padre de la Patria!
jpm-am
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