Opinion

Davos 2026 y la erosión silenciosa del orden global

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El autor es catedratico universitario. Reside en NY.

POR JOSE VANTROI REYES

La actual conferencia de Davos 2026 mantiene al liderazgo mundial bajo escrutinio, tanto por parte de los grupos cuyos intereses se alinean con Occidente como de aquellos que son selectivamente ignorados. A veces la actitud del avestruz no es exclusiva de la gigantesca ave: los líderes políticos también juegan a esconder la cabeza frente a los desafíos, esperando que el “destino manifiesto” se encargue de resolverlos.

En el escenario mundial actual, la principal potencia se va alejando del orden internacional que ella misma creó bajo su liderazgo y conveniencia, mientras que la potencia emergente evita hacer contrapeso, optando por esconderse prácticamente detrás del hegemón mundial y beneficiarse del sistema. Mientras observa cómo se acumulan los escombros en Venezuela, Gaza, Irán o Ucrania, se prepara —con discreta ansiedad— para las próximas oportunidades.

La Unión Europea, por su parte, deberá aumentar su gasto militar para “protegerse” de Rusia, que nunca la ha invadido, comprando armamento, paradójicamente, a quien le amenaza con apropiarse de parte de su territorio. La obediencia europea no deja de sorprender.

Mientras tanto, el presidente Macron de Francia, lejos de sus viejos sueños napoleónicos, respalda aventuras imperiales ajenas mientras ruega que no se toque Groenlandia. Tal vez también Islandia, por si el lapsus presidencial de Trump resulta ser una filtración involuntaria. En cualquier caso, la vieja Europa parece más inclinada a pedir clemencia que a defender el derecho internacional, ese incómodo instrumento que se supone protege a las potencias medianas cuando los gigantes deciden ignorar las reglas.

Todo esto ante la realidad de que el artículo 5 de la OTAN no los protege frente a Estados Unidos.

En este contexto, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, reconoció en Davos que “el orden internacional ya no opera como un sistema universal de reglas, sino como un marco aplicado de manera selectiva, donde la verdad del orden depende cada vez más de quién tiene el poder de invocarlo”.

Más que una denuncia ideológica, se trata de una constatación pragmática: las reglas siguen existiendo, pero ya no estructuran el comportamiento internacional de manera uniforme ni predecible. El problema, por tanto, no es la ausencia de normas, sino su aplicación desigual y oportunista.

La sospechosa inacción del gigante asiático y de la dinastía del Partido Comunista chino, con una retórica de condena que se limita a su ámbito nacional, revela su negativa a defender reglas que, aunque fueron construidas para limitar a países emergentes como China hace tres décadas, fueron también las mismas bajo las cuales prosperaron sus empresas.

Llegará un momento en que el propio desarrollo chino exigirá a su liderazgo la protección de sus intereses en el exterior, haciendo imposible seguir escondido detrás de un orden financiado por otros.

Estados Unidos enfrenta una situación aún más compleja. Siente que está pagando un costo excesivo por encargarse de la seguridad y administración de un sistema del cual sus adversarios obtienen el mayor beneficio. Sin embargo, incumplir con ese rol podría traducirse en una pérdida de confianza, especialmente cuando su economía depende en gran medida de activos intangibles.

El dólar, los seguros, los mercados financieros, las patentes y las tecnologías norteamericanas, incluyendo las redes sociales y los sistemas de comunicación que son ampliamente utilizados a nivel global porque existe una confianza acumulada en la estabilidad, previsibilidad e integridad institucional de Estados Unidos.

La historia demuestra que los sistemas no colapsan por falta de reglas, sino por liderazgos insuficientes convencidos de que las normas son obligatorias solo mientras les favorecen.

jpm-am

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