
Francisco Tavárez
Director del Grupo de Comunicación El Demócrata
La captura de Nicolás Maduro no marcó el final del conflicto venezolano. Marcó el inicio de una fase más peligrosa. El poder no desapareció con Maduro. Se fragmentó, se reacomodó y ahora se disputa bajo presión externa.
Hoy Venezuela no enfrenta una sola pregunta, sino varias al mismo tiempo: quién manda, por cuánto tiempo y a qué costo.
El primer escenario es el que Washington preferiría consolidar. Una transición negociada, tutelada por Estados Unidos, con salidas seguras para parte del alto funcionariado del régimen. Amnistías limitadas, asilos discretos y garantías personales a cambio de cooperación política. Un cierre ordenado del ciclo chavista sin prolongar la violencia.
Pero este escenario tropieza con una realidad incómoda. El poder que sobrevivió a Maduro no es simbólico. Tiene nombres, estructuras y capacidad de daño. Delcy Rodríguez no gobierna sola. Detrás de ella opera su hermano Jorge Rodríguez, cerebro político del madurismo, operador del fraude electoral y figura central del aparato institucional.
Donald Trump aseguró que existían conversaciones adelantadas y disposición a obedecer una hoja de ruta diseñada en Washington. Sin embargo, Delcy Rodríguez eligió la confrontación. Reivindicó a Maduro, negó acuerdos y apeló al discurso clásico de soberanía. La respuesta de Trump fue brutalmente clara. Si no coopera, pagará un precio más alto que Maduro. No fue retórica. Fue advertencia.
El segundo escenario es más oscuro. Una alianza defensiva entre los hermanos Rodríguez, Diosdado Cabello y el general Vladimir Padrino López podría derivar en una resistencia interna organizada. Cabello conserva control territorial, influencia sobre colectivos armados y redes regionales. Padrino López sigue siendo el factor decisivo dentro de la Fuerza Armada.
En ese contexto, una nueva fase de operaciones estadounidenses de extracción y persecución selectiva podría detonar una guerra interna por regiones. No sería breve. No sería limpia. Y obligaría a Estados Unidos a decidir si está dispuesto a solicitar al Congreso autorización para una presencia militar permanente. Marines, fuerzas especiales y una ocupación de facto. Un escenario que choca con los planes inmediatos de Trump.
El tercer escenario es el más impredecible. Un conflicto guerrillero prolongado. Fragmentación del poder central. Actores armados irregulares. Criminalidad organizada disputando territorios. Y una pregunta geopolítica sin respuesta clara. ¿Qué harán China y Rusia? Hasta ahora, nada. No impidieron la captura de Maduro. No han movido piezas relevantes. Irán también guarda silencio. Maduro fue abandonado.
En medio de este tablero emerge una figura subestimada. Cilia Flores. Su detención no es simbólica. Es estratégica. Flores no es solo la esposa del líder caído. Fue procuradora, presidenta del Parlamento y operadora del chavismo fundacional. Conoce secretos, rutas financieras y complicidades internas. Su entorno familiar está marcado por sanciones, narcotráfico y estructuras criminales. Su valor hoy es la información. Y esa información puede redefinir el destino del resto del poder sobreviviente.
La operación que capturó a Maduro expuso otra verdad incómoda. Hubo filtraciones internas. La inteligencia cubana falló. Pero sin complicidad dentro de la Fuerza Armada venezolana, nada de esto habría sido posible. El madurismo fue penetrado desde adentro.
Mientras tanto, María Corina Machado queda atrapada en una contradicción. Trump cuestionó su liderazgo interno, aunque la reconoció como figura válida. Luego Marco Rubio matizó, ubicándola como variable de mediano plazo. Washington aún no define su apuesta civil. Solo ha definido su control inmediato.
El problema es que el anuncio explícito de que Venezuela será dirigida por Estados Unidos ha generado rechazo incluso entre opositores. El nacionalismo venezolano, históricamente transversal, se ha activado. Naciones Unidas observa en silencio. El multilateralismo vuelve a fracasar.
La transición venezolana no dependerá solo de Washington. Dependerá, paradójicamente, de las decisiones del poder que quedó en pie. Negociar y salir. O resistir y arrastrar al país a una espiral de violencia.
Ese es el precio del poder cuando se ejerce hasta el final.