Venezuela bajo control de Estados Unidos: la descodificación del discurso de Trump tras la caída de Maduro

Por Francisco Tavárez
Director del Grupo de Comunicación El Demócrata
Esta no fue una rueda de prensa convencional. Fue una señal estratégica. La comparecencia encabezada por Donald Trump, tras la captura de Nicolás Maduro, debe leerse como un ejercicio de descodificación del poder: lo dicho, lo enfatizado y lo sugerido. En conjunto, el mensaje redefine el rol de Estados Unidos en Venezuela y reordena, sin eufemismos, la arquitectura geopolítica del hemisferio.
Trump habló sin rodeos. No anunció acompañamiento ni transición clásica. Anunció control. Estados Unidos, afirmó, gobernará Venezuela el tiempo que sea necesario, administrará sus recursos estratégicos y seleccionará y designará a quienes conducirán el país en la etapa que se abre.
El petróleo como eje del mando político
El núcleo del planteamiento fue energético. Trump afirmó que la infraestructura petrolera venezolana será reconstruida por las grandes corporaciones estadounidenses, presentándolo como una restitución de un espacio que, según su narrativa, fue creado por Estados Unidos y luego arrebatado.
El orden económico quedó establecido con claridad: las empresas invertirán, recuperarán su capital y, solo después, el excedente beneficiará al pueblo venezolano. No se trata de cooperación internacional, sino de una lógica empresarial aplicada a la administración del Estado. El bloqueo petrolero permanece vigente. No habrá apertura sin control ni reconstrucción sin condiciones.
Advertencia hemisférica y capacidad de repetición
Trump vinculó el operativo con una doctrina de alcance regional. Dijo haber superado la Doctrina Monroe, no para archivarla, sino para reactualizarla mediante acción directa. Este operativo, afirmó, sirve de advertencia a cualquiera que desafíe a Estados Unidos en su propia región.
Fue explícito en un punto decisivo: si fuera necesario, Estados Unidos está listo para ejecutar una segunda operación. No como hipótesis, sino como escenario real contemplado en sus planes. El mensaje no se agota en Caracas; está dirigido al conjunto del hemisferio.
El componente militar y la demostración de fuerza
En la comparecencia participaron los responsables del aparato de seguridad. El Secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, reforzó el mensaje político con una afirmación categórica: los soldados estadounidenses son los mejores del mundo. Su intervención no fue decorativa; fue funcional a un relato de autoridad, disuasión y control operacional.
A continuación, el general Dan Caine, de la Fuerza Aérea estadounidense e inversor de capital de riesgo que actualmente ocupa el cargo de 22.º jefe del Estado Mayor Conjunto, responsable a cargo del despliegue y la operación militar en Venezuela, detalló una planificación de meses, entrenamientos intensivos y la integración total de los componentes aéreo, marítimo y terrestre, con apoyo decisivo de las agencias de inteligencia. Se habló de más de 150 aeronaves operando de forma sincronizada, del desmantelamiento de los sistemas de defensa venezolanos y de una misión cuyo objetivo central fue proteger helicópteros y tropas en tierra.
La lectura es inequívoca: Estados Unidos conserva superioridad operacional para intervenir con precisión total cuando lo decide.
El secretario de Estado Marco Rubio y el diseño político del “día después”
La intervención de Marco Rubio aportó el componente político más descarnado. Habló de oportunidades desperdiciadas por Maduro, de recursos ahorrados y de una lección que debía quedar clara: Trump no amenaza, actúa.
Trump confirmó que Estados Unidos está seleccionando y designando a las personas que dirigirán Venezuela, estableciendo una línea de sucesión política bajo supervisión directa. En ese marco, señaló contactos con la vicepresidenta venezolana, Delcy Rodríguez, quien —según sus palabras— estaría dispuesta a acatar las directrices de Washington. La afirmación redefine, sin rodeos, el concepto de soberanía en el nuevo escenario.
El ataque a María Corina Machado
Trump también marcó distancia con el liderazgo de la oposición Venezolana. Cuestionó la viabilidad de María Corina Machado como líder nacional, señalando que no cuenta con el respeto suficiente dentro del país. El mensaje es claro: Estados Unidos no se siente atado ni al viejo oficialismo ni a los liderazgos opositores tradicionales.
El ángulo mayor: Rusia y China
Aquí se entiende la magnitud del punto de inflexión. Trump deslizó conversaciones con Vladimir Putin y expresó su descontento con Moscú. El mensaje implícito es contundente: Venezuela deja de ser un espacio de proyección rusa en el Caribe.
Pero el impacto estructural se produce frente a China. Durante dos décadas, Pekín avanzó en América Latina mediante financiamiento, infraestructura y la Nueva Ruta de la Seda, con Venezuela como nodo energético y político. La entrada directa de Estados Unidos en la administración venezolana corta ese corredor, frena la expansión china en el arco caribeño y reordena el balance de poder regional.
No es solo un cambio de gobierno. Es un cierre de ciclo geopolítico.
Descodificado en su totalidad, el discurso de Trump anuncia algo más profundo que la caída de Maduro. Anuncia el retorno explícito de Estados Unidos al centro del tablero hemisférico. Control de un activo energético estratégico, selección de la arquitectura política interna, advertencia regional y capacidad de respuesta militar sin precedentes.
No pidió permiso.
No buscó consensos.
Anunció control y asumió la ruta política.
Venezuela se convierte así en el escenario donde Estados Unidos marca límites a Rusia y China y restablece su primacía en el hemisferio. Por la forma y por el fondo, este episodio sin lugar a dudas divide épocas. Hay un antes y un después en la geopolítica regional a partir de lo acontecido el sábado 03 de Diciembre del 2026 en Venezuela.