
Francisco Tavárez
Parte I. Edición dominical para El Demócrata
La crisis venezolana vuelve a ocupar los titulares internacionales, entre rumores de una inminente intervención militar y declaraciones ambiguas procedentes de Washington. Aunque no se ha concretado ningún movimiento decisivo, crece la expectativa ante la posibilidad de que el presidente Trump emprenda acciones que aceleren la salida del régimen de Nicolás Maduro.
Sin embargo, mientras la atención se concentra en la posibilidad de una acción militar, surge una pregunta aún más crucial: ¿qué viene después?
En un artículo anterior ya había planteado esta inquietud, y hoy la reitero porque continúa sin una respuesta clara. La oposición venezolana y el pueblo, en general, necesitan no solo una estrategia para derrotar al chavismo, sino también un plan mínimo de reconstrucción democrática, económica e institucional. Aunque María Corina Machado ha sido la cara más visible, aún se percibe que la oposición mantiene posturas muy distintas sobre quién debe liderar la transición y enfrentar a Maduro, y esa falta de consenso, que difícilmente se resolverá a tiempo, constituye una de sus principales debilidades.
Pensar únicamente en el corto plazo sería un error histórico. El deseo legítimo de desmontar el aparato chavista no debe impedir una reflexión seria sobre el país que se quiere reconstruir. La oposición venezolana llega a este punto con apoyo internacional, pero no podemos olvidar que se trata de una nación marginada de la dinámica global y de los cambios geopolíticos, con una identidad fracturada y con más de una década de retroceso. Cuando finalmente se abra la puerta de la libertad, la tarea será titánica, y esos primeros días marcarán el rumbo de toda una generación que aspira a un país democrático y económicamente fuerte.
Uno de los mayores desafíos de la oposición será dejar atrás las disputas internas, el protagonismo y las ventajas particulares para construir un movimiento de reconciliación nacional. Venezuela no necesita solamente esperanza; necesita un proyecto creíble, capaz de mostrar avances concretos, incluso si son progresivos. En la segunda parte de este artículo detallaré otros puntos imprescindibles que deberían conformar el primer programa de gobierno de una Venezuela democrática.
Ante este contexto, la comunidad internacional, incluida la República Dominicana y los Estados Unidos, tenderá la mano al pueblo venezolano, como ya lo ha hecho en momentos críticos. Sin embargo, considero que la mayor responsabilidad recaerá en la dirigencia política venezolana y en su capacidad para generar consensos, evitar revanchismos, restaurar las instituciones y encaminar un modelo de desarrollo sostenible.
La gran pregunta, entonces, no es únicamente qué hará la comunidad internacional ante la caída de régimen de Maduro, sino qué hará Venezuela consigo misma cuando llegue la oportunidad de empezar de nuevo. En ese punto se define realmente su futuro.