Opinion

El precio de olvidar y lo que la historia insiste en enseñarnos

Francisco Tavárez

Para no condenarnos a repetir nuestro pasado, debemos conocer la historia en toda su complejidad: sus causas, sus consecuencias y, sobre todo, sus injusticias. Ese aprendizaje no puede limitarse a los episodios locales; exige abrir la mente y mirar sucesos que marcaron a naciones enteras con heridas profundas.

Tal es el caso de Patrice Lumumba, líder congolés, independentista, visionario y valiente en el sentido más pleno del término. Un opositor implacable del racismo y un defensor apasionado del desarrollo del Congo en libertad.

A los 34 años, Lumumba se convirtió en primer ministro de la República del Congo tras la independencia de Bélgica en 1960. Su ascenso no fue casual. Desde muy joven mostró las cualidades de un líder con una convicción inquebrantable: el Congo poseía riquezas inmensas que, de no intervenir, seguirían siendo explotadas a menos que se rompieran las viejas estructuras coloniales.

Su proyecto independentista y su firme discurso contra los intereses belgas desafiaron de forma directa a las élites económicas y políticas que habían controlado el territorio durante décadas. 

Lumumba cautivó a multitudes con su oratoria, pero lo que realmente dejó una huella imborrable fue su profundo amor por su país. Su visión inspiró un movimiento democrático que trascendió fronteras y que aún hoy es referencia en las luchas contra la injusticia y la opresión.

Uno de los momentos más impactantes de su liderazgo fue su discurso del 30 de junio de 1960, en presencia del rey Balduino. Allí defendió la dignidad de su pueblo con una firmeza admirable y señaló sin rodeos a los responsables de su sufrimiento. En esa ocasión pronunció una de sus frases más contundentes: “Hemos conocido la burla, los insultos, los golpes que debíamos padecer mañana, tarde y noche, porque éramos negros”.

Su tortura, asesinato y desaparición forzada, cometidos con la complicidad de actores internos y potencias extranjeras, nos recuerdan que las formas de lucha por la democracia pueden cambiar, pero la responsabilidad ciudadana sigue siendo la misma: mantenernos vigilantes ante cualquier amenaza contra los avances y derechos conquistados. 

La República Dominicana también ha vivido acontecimientos históricos que nos han marcado como nación. Contamos con líderes cuyos sacrificios fueron esenciales para alcanzar nuestra libertad y romper ciclos de opresión. Por eso, la historia de Lumumba funciona como un recordatorio urgente: aunque las formas cambien, debemos estar atentos para que las debilidades de nuestro sistema político, la corrupción y los abusos de poder no adquieran la fuerza suficiente para convertirse en retrocesos permanentes. 

La historia de Patrice Lumumba despertó en mí un profundo interés. Ampliar nuestro panorama y acercarnos a historias como la suya no solo conmueve: nos obliga a la autocrítica, a reconocer nuestras fragilidades y a mantenernos firmes frente a los retos que inevitablemente habrán de presentarse.